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Atajando la realidad

Por: Valentina Peña. 

Carmen –  arquera cuyo nombre fue cambiado por seguridad – tenía veintitrés años cuando se unió a las filas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), la guerrilla más antigua de Latinoamérica. En medio del temor del conflicto y la reincorporación, el deporte fue y sigue siendo su escapatoria.

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Carmen acumula 34 vallas menos vencidas y 8 medallas en toda su trayectoria deportiva. Foto: Suministrada

 

Casi tres años después de la firma de los Acuerdos de La Habana (Cuba), la vida de Carmen dista de ser lo que alguna vez soñó. Su mirada cabizbaja e inquietante refleja la angustia de una madre cabeza de familia que difícilmente consigue vivir con lo que le brinda el Gobierno como reincorporada. Lo que hace unos años era el sueño de empezar de nuevo, hoy en día, más que un sueño, es una preocupación. Y una grande.

Al llegar al punto de encuentro que acordamos, me sorprende no verla sola: un niño pequeño camina de su lado tímidamente. Ella no ha tenido otra opción que traerlo, pues no tuvo clases ese día en el colegio. Además, es su cumpleaños, por lo cual decido comprarle un helado y Carmen descansa. No tenía dinero para el regalo que su hijo pidió.  

A finales de los ochenta, cuando el conflicto armado estaba en pleno auge, Carmen no conocía lo que era la guerra. Criada en una familia humilde de nueve hermanos, creció en un entorno marcado por las dificultades económicos y falta de oportunidades. A pesar de esto, en el colegio encontró una distracción en deportes como el voleyball y el baloncesto y a los catorce años ingresó al equipo de microfútbol del barrio como arquera. Ese mismo día jugaron y perdieron por goleada, pero los espectadores quedaron sorprendidos ante la facilidad con la que se lanzaba al suelo y atajaba. Sin saberlo, había descubierto una gran pasión, aquello que sería su escape en medio del conflicto.

Junto a sus compañeras, paso a paso, fueron sacando al equipo adelante y Carmen se enamoró del puesto de arquera como una niña que descubre su muñeca favorita. Con una sonrisa en la cara recibió la convocatoria para la selección de su departamento y enseguida fue escogida para hacer parte del equipo con el que sería subcampeona nacional. En ese momento había parado sus estudios y, “por andar de cancha en cancha” como dice su madre, estuvo a punto de no terminar su bachillerato comercial que le permitía graduarse como auxiliar contable.

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Tal vez aquello habría evitado lo que vendría a continuación. Tal vez de no haber terminado sus estudios, habría trabajado en una empresa diferente a la oficina de ingenieros donde conoció al hombre que la acercó a la guerra. Ese mismo que la enamoró, se convirtió en su novio y que era comandante de un bloque de las FARC. Carmen recuerda cómo inocentemente escuchaba lo que él le comentaba sobre sus ideales e inclinaciones políticas. Convencida de hacer algo bueno y de buscar un cambio, empezó a trabajar en la organización con asuntos de logística en su departamento.

Fue así como empezó a llevar una doble vida: en el día trabajaba como secretaria y en las noches y fines de semana hacía lo que el grupo armado le pedía. Debía visitar algunas zonas y enviar reportes de la situación, así como encontrarse con compañeros que estaban de paso por la región. Nunca estuvo en el campo combatiendo, pero la guerra se convirtió en una parte normal de su vida. Se le volvió una costumbre ver comandantes rodeados de armas cada semana: una imagen que a cualquiera le causaría temor, pero que ella veía sin malicia. Al fin y al cabo, era el pan de cada día.

A pesar de todo, el microfútbol seguía presente en su vida. Con una sonrisa que refleja emoción y una mirada que esconde nostalgia, recuerda aquel día en el que fue convocada para hacer parte de la Selección Colombia con la cual jugó varios amistosos, pero nunca un partido oficial. Seguía en la guerrilla, pero por un momento pensó que el deporte podía ser una salida. Sin embargo, eran tiempos diferentes. En ese entonces no era posible que una mujer viviera del fútbol. Las tildaban de ‘marimachas’, me comenta, cuando en realidad eran tan solo zapateras, secretarias, madres cabezas de hogar disfrutando del juego, siguiendo una pasión.

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“Mi vida ha sido el deporte. Yo quisiera haber nacido en esta época y haber sido portera profesional porque yo tapo muy bien. Cada vez que salgo a la cancha entrego lo mejor de mí y me olvido de todo”, afirma. Pero lastimosamente, no siempre logramos lo que queremos. Decisiones erradas condujeron a Carmen a dedicar más de veinte años de su vida a un grupo armado y no a ser la arquera de un equipo de microfútbol profesional.  

Observa a su hijo con amor y no hace falta que diga que hoy en día él lo es todo para ella. Confiesa que su motivación principal para acogerse a los acuerdos de paz fue darle un futuro diferente a su hijo, poder sacarlo adelante. Su voz se torna débil y con angustia habla sobre lo difícil que es reincorporarse. “La gente piensa que nosotros estamos muy bien, que nos robamos la plata del gobierno. Pero en realidad salimos con las manos cruzadas. El haber sido parte de la guerrilla genera un prejuicio en la gente y a diario tenemos que vivir con ese rechazo. Con ese miedo de que descubran nuestro pasado”. 

Hoy Carmen no es la misma de antes. Sus prioridades son diferentes, vive para su familia y ella misma reconoce que está tratando de hacer las cosas mejor. Estudia Administración de Empresas en su ciudad natal junto a varios exguerrilleros que se acogieron a los Acuerdos de Paz y hace unos meses recibió el visto bueno de la Agencia Nacional de Reincorporados para montar una cafetería con un presupuesto de ocho millones de pesos. Esto la emociona, pero a la vez la preocupa, pues teme fracasar en el intento de emprender y que empeore su situación económica.

Pero si hay algo que no ha cambiado, a pesar de esa nueva realidad que enfrenta, es su pasión por el deporte. Continúa atajando en un equipo de veteranas con varias de sus excompañeras de selección, las mismas que la acompañaron en los mejores momentos de su vida. Hace poco participó en un torneo de novatas y atajó varios penales en la tanda final, así como cuando era una adolescente de catorce años en la cancha del barrio. En medio de su preocupación por conseguir el sustento de cada día y de su lucha contra la discriminación de la sociedad, el deporte le permite evadir, así sea solo por noventa minutos, todos los problemas.